Estructura organizativa de un hospital con una capa transversal de seguridad del paciente superpuesta a la organización asistencial
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La estructura organizativa como base de éxito y continuidad de la seguridad del paciente

Hay algo que se repite con bastante frecuencia cuando se habla de seguridad del paciente. Se habla de programas, de iniciativas, de planes de mejora, de protocolos nuevos o de proyectos estratégicos. Y todo eso está bien. De hecho, es necesario.

Ilustración de Antonio Burgueño, experto en gestión sanitaria

Pero cuando uno observa cómo evolucionan realmente estas iniciativas en los centros sanitarios, aparece una pregunta incómoda que rara vez se formula de forma explícita:
¿sobre qué estructura organizativa se apoyan realmente?

En las últimas entradas del blog hemos reflexionado sobre distintos elementos clave —el papel del Responsable de Seguridad del Paciente, la implicación de la dirección, la utilidad de un marco de referencia común o la importancia de la comunicación—. Todas ellas apuntan, desde ángulos distintos, a una misma idea de fondo.

No es una afirmación teórica. Es una constatación práctica.


Dos estructuras que no son lo mismo (aunque a veces las confundamos)

La estructura organizativa de un centro sanitario está pensada, ante todo, para garantizar la asistencia: servicios, unidades, mandos, circuitos clínicos, gestión de recursos. Funciona —con mayor o menor tensión— para ese propósito.

El problema aparece cuando damos por hecho que esa misma estructura sirve, sin más, para gobernar la seguridad del paciente.

No sirve. O, al menos, no es suficiente.

La seguridad del paciente necesita una estructura organizativa específica, que no sustituye a la organización asistencial, pero que se superpone a ella como una capa transversal. Una capa que mira los procesos no desde la lógica asistencial, sino desde la lógica del riesgo, la prevención y la mejora continua.

Cuando esa capa no está definida, la seguridad del paciente queda diluida en la organización general. Y cuando está diluida, pierde capacidad de gobernanza.


Cuando los roles no están claros, el sistema improvisa

En la práctica, la ausencia de una estructura explícita se traduce en situaciones muy reconocibles:
decisiones que nadie termina de asumir, responsabilidades que se solapan, funciones que se ejercen “por inercia” o por buena voluntad, y profesionales a los que se les acaba atribuyendo la seguridad del paciente simplemente porque están más cerca del problema.

Por eso, la consolidación de la seguridad del paciente no depende de una única figura, sino de un conjunto de roles claramente definidos y coordinados entre sí.

Hablamos, al menos, de:

  • La alta dirección, que no solo respalda, sino que asume la responsabilidad última y sitúa la seguridad del paciente en el plano estratégico.
  • El Responsable de Seguridad del Paciente y de la gestión de riesgos, como función transversal de staff, con capacidad de articular el sistema y conectar estrategia y práctica.
  • Las comisiones o comités de seguridad y gestión de riesgos, como espacios reales de análisis, seguimiento y propuesta, no meramente formales.
  • Los responsables de servicios y mandos intermedios, que convierten las decisiones en práctica operativa.
  • Los equipos asistenciales, sin cuya implicación no existe identificación real de riesgos ni mejora sostenida.

No se trata de añadir capas burocráticas, sino de evitar que el sistema funcione por atribuciones implícitas.


La estructura no hace nada por sí sola… pero sin ella nada se sostiene

Una estructura clara permite:

  • Saber quién decide y quién ejecuta.
  • Establecer circuitos de comunicación y escalado.
  • Alinear niveles estratégicos y operativos.
  • Dar continuidad a las iniciativas más allá de personas concretas.
  • Integrar la seguridad del paciente en los procesos reales, no solo en documentos.

La estructura no es el objetivo.
Es el soporte.


Procesos y estructura: el orden importa

Con frecuencia se empieza por los procesos: protocolos, procedimientos, mapas, indicadores. Todo eso es necesario. Pero sin una estructura que los gobierne, los procesos quedan expuestos a la variabilidad y al desgaste.

Los procesos de seguridad del paciente —específicos o integrados— solo funcionan cuando hay una estructura organizativa que define responsabilidades, prioriza actuaciones y asegura seguimiento.

No son planos excluyentes. Son planos distintos, y el orden importa.

Desde esta perspectiva, la estructura organizativa no es un fin en sí mismo. Es una condición habilitante para que la seguridad del paciente se consolide como un elemento estable, integrado y compartido en la organización sanitaria. Y probablemente, uno de los aspectos menos visibles… y más decisivos.

Saber más sobre el Proyecto Impulso de Gestión de Riesgos para la Seguridad del Paciente

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