El lavado de manos: una práctica con casi dos siglos de historia
La medicina supo que lavarse las manos salvaba vidas antes de saber que existían los microorganismos. Hoy sabemos ambas cosas. Y, aun así, seguimos recordándonos lo mismo. Quizá porque el verdadero reto nunca fue científico, sino cultural.
Hay películas que se terminan cuando aparecen los créditos. Y hay otras que continúan dentro de ti, porque lo que cuentan no pertenece del todo al pasado. Eso es lo que ocurre con El médico de Viena.
Al acabarla, la sensación no es la de haber descubierto algo desconocido, sino la de haber vuelto a poner en el centro una verdad esencial. Algo que sabemos desde hace mucho tiempo y que, cuando se enuncia con claridad, recupera toda su fuerza. La película no va realmente de hospitales del siglo XIX ni de medicina antigua. Va de cómo recordamos que, a veces, lo más importante no es lo complejo, ni lo brillante, ni lo heroico, sino lo sencillo que funciona cuando se hace bien.
Va de lavarse las manos.
Semmelweis: cuando la evidencia llega antes que la explicación
Ignaz Semmelweis no descubre una bacteria ni formula una teoría elegante. No dispone de un microscopio que le permita ver lo que ocurre ni del lenguaje científico necesario para explicarlo. Lo que hace es algo aparentemente más modesto y, a la vez, más exigente: observa con atención. Observa mujeres que mueren, salas distintas, prácticas diferentes. Y, sobre todo, observa un patrón que se repite de manera obstinada: cuando los médicos se lavan las manos, la mortalidad desciende de forma drástica.
Semmelweis no sabe por qué ocurre, pero sabe que ocurre. Y esa certeza, basada únicamente en la experiencia y en los datos, acaba convirtiéndose paradójicamente en su mayor problema. La medicina de su tiempo no estaba preparada para aceptar resultados sin una explicación causal clara. La evidencia empírica, por sí sola, no bastaba. Era necesario un marco teórico que la sostuviera, un relato que hiciera comprensible lo observado. Semmelweis tenía resultados, pero no tenía todavía una explicación aceptable para la comunidad científica.
La película muestra con crudeza que el rechazo a sus ideas no nace tanto de la ignorancia como de algo más incómodo y, por ello, más reconocible: el peso del orgullo profesional, las jerarquías, la resistencia al cambio y la dificultad de aceptar que una práctica tan sencilla pudiera tener un impacto tan profundo. El problema no era estrictamente médico. Era, sobre todo, humano.
Poner nombre a lo invisible
Años después, Louis Pasteur da un paso decisivo al demostrar que lo invisible existe. La putrefacción y la infección dejan de explicarse mediante miasmas o casualidades para entenderse como el resultado de la acción de microorganismos. Aquello que Semmelweis solo podía intuir empieza, por fin, a disponer de un marco teórico sólido.
Sin embargo, la historia demuestra que el conocimiento, por sí solo, no transforma automáticamente la práctica clínica. Para que esas ideas se traduzcan en cambios reales hace falta alguien como Joseph Lister, capaz de llevar la teoría al quirófano y demostrar que actuar contra lo invisible —limpiar, desinfectar, extremar la higiene— reduce de manera significativa las infecciones. Lister no se limita a aplicar ciencia: introduce disciplina, método y constancia. Y aun así se encuentra con resistencias, porque aceptar la antisepsia implicaba asumir algo profundamente incómodo: que muchas muertes anteriores habían sido evitables.
Nightingale: higiene, organización y responsabilidad
En paralelo, Florence Nightingale aporta una pieza distinta pero complementaria. Su foco no está tanto en el microbio como en el entorno en el que se cuida. La limpieza, la ventilación, el orden y la organización se convierten en elementos centrales. Pero, sobre todo, introduce algo decisivo: la medición de resultados, la comparación sistemática, el registro de datos.
Nightingale formula, quizá sin expresarlo así, una idea que sigue siendo radical hoy en día: la seguridad no es solo una cuestión de conocimiento individual, sino de sistema. No depende de gestos heroicos ni de voluntades excepcionales, sino de rutinas bien diseñadas y sostenidas en el tiempo.
La falsa sensación de victoria
Con el siglo XX llega la ilusión del triunfo definitivo. El descubrimiento de los antibióticos por Alexander Fleming alimenta la idea de que la batalla está ganada, de que siempre habrá un tratamiento capaz de corregir lo que falle después. La higiene no desaparece, pero pierde protagonismo. Se vuelve obvia y, precisamente por eso, se vuelve frágil.
Los microorganismos, sin embargo, no desaparecen. Se adaptan, desarrollan resistencias y siguen planteando desafíos constantes. La confianza excesiva en la solución posterior acaba relegando la prevención a un segundo plano.
Dos siglos después, el mismo gesto
Es aquí donde la historia se vuelve plenamente contemporánea. Didier Pittet, impulsor de la estrategia de la OMS Clean Care is Safer Care, no descubre nada nuevo. No añade conocimiento revolucionario. Hace algo mucho más complejo: insiste en que se cumpla lo que ya sabemos. Recuerda que la higiene de manos sigue siendo una de las medidas más eficaces y, al mismo tiempo, una de las más incumplidas de la medicina moderna.
Desde otra perspectiva, Atul Gawande pone palabras a lo que atraviesa toda esta historia. No habla solo de manos limpias, sino de checklists, de procesos, de sistemas diseñados para ayudar a las personas a no fallar en lo esencial cuando el entorno es complejo. Su mensaje conecta directamente con Semmelweis, pese a los casi dos siglos que los separan: no basta con saber qué hay que hacer; es imprescindible crear las condiciones para hacerlo siempre.
Lo que deja El médico de Viena
Vista desde hoy, la historia del lavado de manos no trata realmente de microbios. Trata de cultura. De cómo reaccionamos cuando alguien nos recuerda que la seguridad no depende de hacer más, sino de hacer bien lo esencial. De lo difícil que resulta aceptar que el progreso no siempre llega de la mano de grandes descubrimientos, sino de la constancia, la humildad y la repetición.
En ese sentido, El médico de Viena no es una película histórica. Es un recordatorio de hasta qué punto el tiempo transcurrido no garantiza, por sí solo, el aprendizaje.
Para quien quiera seguir tirando del hilo
Porque esta historia no termina aquí.
- El médico de Viena – El origen del conflicto. https://www.filmaffinity.com/es/film264894.html
- Louis Pasteur https://www.youtube.com/watch?v=nCqcFg2ZcYw
- Contagio – El contagio a través de manos, superficies y gestos cotidianos. https://www.filmaffinity.com/es/film145476.html
- Atul Gawande https://www.youtube.com/watch?v=iphN-zuoqsg
- Joseph Lister https://www.youtube.com/results?search_query=joseph+lister+documental
- Clean Hands Save Lives – Didier Pittet y la higiene de manos a escala global. https://www.youtube.com/watch?v=5tgH0uTqqcE
- Pandemic: How to Prevent an Outbreak – Prevención, sistemas y cultura sanitaria. https://www.netflix.com/title/81026143
- The Butchering Art – El antes y el después de la antisepsia. https://www.casadellibro.com/ebook-the-butchering-art-ebook/9780241262511/5964524
- Notes on Nursing (Florence Nightingale) – Limpieza, orden y responsabilidad. https://www.casadellibro.com/libro-notes-on-nursing/9781420956313/9964991?srsltid=AfmBOooPAzoSVMY6VKoHzN9uXmSF6QCQ355pw4bRi0O8sIgwgDN9-9D6
