Que la IA no nos haga perder el juicio clínico: la semiología médica en la era de la inteligencia artificial

La inteligencia artificial representa probablemente el mayor salto tecnológico que ha vivido la práctica clínica en décadas. Cada semana aparecen nuevas aplicaciones capaces de interpretar imágenes, identificar patrones, procesar información clínica o ayudar en la toma de decisiones. Y, sin embargo, cuanto más se profundiza en lo que estas herramientas pueden aportar, más aparece una sensación difícil de ignorar: la de estar regresando constantemente a preguntas que la medicina lleva siglos haciéndose.
Porque, en el fondo, el gran desafío de la medicina nunca ha sido únicamente acceder al conocimiento. El verdadero desafío siempre ha consistido en transformar conocimiento en comprensión. Son conceptos parecidos, pero no equivalentes. El conocimiento puede almacenarse, organizarse o transmitirse. La comprensión exige algo más. Exige contexto. Exige interpretación. Exige conectar información dispersa hasta construir un significado.
Y eso es precisamente lo que lleva haciendo la medicina desde sus orígenes.
Con frecuencia hablamos de la práctica clínica como si fuera un proceso de toma de decisiones. Sin embargo, cuando uno observa con detenimiento lo que ocurre en una consulta, descubre que la mayor parte del tiempo no se dedica a decidir. Se dedica a comprender. Antes de cada decisión hay una historia que necesita ser escuchada, una realidad que necesita ser interpretada y una incertidumbre que necesita ser ordenada.
Quizá por eso la semiología ocupa un lugar tan singular dentro de la medicina.
Tradicionalmente la hemos definido como el estudio de los signos y síntomas de la enfermedad. Es una definición correcta, pero probablemente insuficiente. Porque cuando un paciente entra en una consulta no trae signos ni síntomas. Trae experiencias. Trae percepciones. Trae preocupaciones. Trae una sensación, a veces difícil de explicar, de que algo no marcha como debería.
La labor del médico consiste precisamente en recorrer el camino que separa esa experiencia humana de una interpretación clínica. Y cuanto más se piensa en ello, más evidente resulta que la semiología es mucho más que una técnica de recogida de información. Es un proceso de traducción. Una traducción entre el lenguaje de la vida y el lenguaje de la medicina.
Mientras pregunta, el médico no sólo obtiene datos. Mientras escucha, no sólo recopila información. Mientras explora, no sólo busca hallazgos físicos. En realidad está intentando comprender a otro ser humano. Está tratando de descubrir qué significado tienen esos síntomas dentro de la realidad concreta de una persona concreta.
Y quizá sea precisamente ahí donde aparece una dimensión de la práctica clínica de la que hablamos menos de lo que merece.
La confianza.
Con frecuencia pensamos en la confianza como una consecuencia del acto clínico. Como algo que aparece después del diagnóstico, después del tratamiento o después del resultado. Sin embargo, la experiencia diaria parece sugerir algo diferente. La confianza comienza mucho antes. Empieza a construirse en el mismo instante en que una persona percibe que está siendo comprendida.
No necesariamente porque quien tiene delante disponga todavía de una respuesta. Ni siquiera porque tenga ya una explicación. La confianza aparece cuando percibimos que existe una voluntad sincera de comprender. Cuando advertimos que detrás de las preguntas existe un razonamiento. Cuando intuimos competencia. Cuando observamos coherencia. Cuando sentimos que nuestra situación particular importa.
Por eso la semiología es probablemente la parte más humana del acto clínico.
Humana, que no necesariamente humanista.
Humana porque es el espacio donde la medicina deja de relacionarse exclusivamente con enfermedades y empieza a relacionarse con personas. Porque es ahí donde el conocimiento médico se encuentra con la experiencia humana de enfermar. Porque es ahí donde se construyen simultáneamente la comprensión clínica y la confianza.
Y es precisamente en este punto donde la inteligencia artificial vuelve a entrar en escena.
Porque cuanto más se analiza su potencial, más evidente resulta que su verdadero reto no consiste únicamente en aportar información adicional. Información tendremos cada vez más. El verdadero reto consiste en integrarse dentro de un proceso cuyo valor nunca ha dependido exclusivamente de la información.
La medicina siempre ha necesitado conocimiento. Pero siempre ha necesitado también comprensión. Y la comprensión no surge únicamente de los datos. Surge de la interpretación de los datos, del contexto, de la experiencia, del diálogo entre lo que la persona vive y lo que el profesional es capaz de entender.
Quizá por eso la pregunta más interesante sobre la inteligencia artificial no sea qué decisiones será capaz de apoyar en el futuro.
Quizá la pregunta verdaderamente importante sea cómo puede enriquecer ese proceso de comprensión sin alterar aquello que lo hace valioso. Cómo puede incorporarse a un acto clínico que es simultáneamente técnico y humano, científico y relacional, racional y profundamente personal.
Porque cuando hablamos de inteligencia artificial aplicada a la práctica clínica solemos centrar la atención en el resultado final. Nos preguntamos si un algoritmo diagnostica mejor, si predice mejor o si ayuda a elegir mejor entre distintas alternativas terapéuticas. Son preguntas relevantes, pero quizá no las más importantes. Antes de toda decisión existe un proceso. Un proceso en el que se escucha, se observa, se interpreta, se duda, se reformulan hipótesis y se intenta comprender. La decisión clínica es, en gran medida, la consecuencia visible de todo ese trabajo previo.
Y es precisamente ahí donde la integración de la inteligencia artificial plantea una de sus cuestiones más interesantes. No tanto cómo puede participar en la decisión, sino cómo puede acompañar el camino que conduce hasta ella.
Porque el razonamiento clínico no ocurre aislado en la mente del profesional. Ocurre mientras: conversa con el paciente, percibe matices difíciles de registrar en una historia clínica. explora, integra conocimientos científicos con circunstancias personales o mientras intenta comprender qué significado tiene una enfermedad para la persona que la está viviendo.
La inteligencia artificial puede aportar una capacidad extraordinaria para procesar información, identificar relaciones complejas y ampliar el campo de visión del profesional. Puede convertirse en una herramienta de enorme valor para el juicio clínico. Pero su verdadero potencial quizá resida en ayudar a enriquecer el razonamiento, no únicamente en proporcionar respuestas, formular mejores preguntas, señalar posibilidades que merecen ser exploradas o ampliar la comprensión de situaciones complejas.
Porque la medicina nunca ha sido una simple fábrica de respuestas: Ha sido, ante todo, un proceso de comprensión: Comprender y empatizar con la persona y su enfermedad, entender el significado que una enfermedad tiene para una persona concreta y su forma de afrontarla,
Tal vez por eso una parte importante del futuro de la medicina no se juegue únicamente en el desarrollo de algoritmos cada vez más sofisticados o en nuestra capacidad para procesar volúmenes crecientes de información. Probablemente se juegue también en nuestra capacidad para preservar aquello que siempre ha dado sentido a esa información.
Los datos pueden almacenarse, organizarse y analizarse. El conocimiento puede compartirse y difundirse con una rapidez impensable hace apenas unos años. Los algoritmos seguirán identificando patrones cada vez más complejos y ayudándonos a explorar relaciones que escapan a nuestra capacidad de observación. Sin embargo, la comprensión sigue perteneciendo a una esfera diferente. Comprender significa interpretar, contextualizar, atribuir significado y conectar el conocimiento con la realidad concreta de una persona.
Significa transformar información en juicio clínico y juicio clínico en decisiones capaces de ayudar a otro ser humano. Y es precisamente ahí donde la semiología médica conserva toda su vigencia.
Porque la inteligencia artificial está cambiando nuestra capacidad para procesar información, pero también nos está obligando a redescubrir que la medicina nunca ha consistido únicamente en procesar información.
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