La seguridad no puede depender sólo de las personas, tampoco en sanidad. Se necesitan sistemas de gestión
La seguridad del paciente no puede depender exclusivamente del conocimiento, la experiencia o la iniciativa de los profesionales sanitarios. Debe sustentarse en un sistema de gestión de riesgos que forme parte del funcionamiento habitual de las organizaciones sanitarias.

Esta es una cuestión sobre la que llevo insistiendo desde hace años y que considero fundamental para comprender cómo debe abordarse la seguridad del paciente.
Mi experiencia en la evaluación de hospitales y organizaciones sanitarias me ha permitido observar situaciones muy diferentes. En ocasiones, los profesionales identifican riesgos y desarrollan por iniciativa propia soluciones que mejoran la seguridad de los procesos. En otras, las actuaciones necesarias están establecidas por la organización. Y también encontramos situaciones en las que determinados riesgos no han sido identificados, las medidas de seguridad no están suficientemente definidas o es necesario mejorar las condiciones en las que se desarrolla la actividad asistencial.
Todas estas situaciones ponen de manifiesto una diferencia esencial: una cosa es que los profesionales realicen actuaciones que contribuyen a la seguridad del paciente y otra muy distinta que la organización disponga de un sistema de gestión de riesgos que determine qué actuaciones son necesarias, establezca cómo deben realizarse y compruebe su aplicación y eficacia.
Hacer las cosas bien no significa que la seguridad esté organizada
Los profesionales sanitarios aportan un conocimiento imprescindible para la seguridad del paciente. Su experiencia cotidiana les permite identificar dificultades, anticiparse a determinados riesgos y desarrollar iniciativas que mejoran el funcionamiento de los procesos asistenciales.
Estas iniciativas tienen un enorme valor y deben promoverse. Muchas mejoras en la atención sanitaria nacen precisamente de profesionales que observan una necesidad, identifican una situación que puede resolverse mejor y encuentran una solución.
Pero hay una diferencia entre que una solución funcione gracias a la iniciativa de determinadas personas y que esa solución forme parte de las medidas de seguridad establecidas por la organización.
Y existe otra circunstancia igualmente importante: no todos los riesgos han sido identificados previamente por los profesionales, ni todas las medidas necesarias surgen espontáneamente de la actividad cotidiana.
La seguridad requiere aprovechar el conocimiento y las iniciativas de los profesionales, pero también identificar sistemáticamente los riesgos y establecer las medidas necesarias para gestionarlos.
La seguridad necesita un sistema de gestión de riesgos
En ocasiones se identifica la gestión de la seguridad del paciente con la existencia de protocolos, comisiones, planes de seguridad o sistemas de notificación de incidentes.
Todos estos instrumentos pueden ser necesarios, pero ninguno de ellos, por separado, constituye un sistema de gestión de riesgos.
Un sistema de gestión implica una forma organizada de identificar los riesgos, analizarlos, evaluar su importancia, determinar las medidas necesarias para prevenirlos o controlarlos y comprobar su eficacia.
Y requiere algo que considero especialmente importante: una estructura organizativa con funciones y responsabilidades claramente definidas.
La dirección debe asumir la responsabilidad de establecer las condiciones de seguridad. Los responsables de los procesos y servicios deben conocer sus funciones. Los equipos encargados de la gestión de riesgos deben disponer de competencias y mecanismos de coordinación. Y los profesionales deben conocer las medidas que les corresponde aplicar.
No puede darse por supuesto que alguien se ocupará de una actuación porque conoce el problema o porque habitualmente ha venido haciéndolo.
Los riesgos están en los procesos asistenciales
La seguridad del paciente no puede gestionarse al margen de los procesos en los que se desarrolla la atención sanitaria.
Desde la admisión hasta el diagnóstico, el tratamiento, los cuidados y el seguimiento, cada proceso comprende actividades, decisiones, intervenciones y relaciones entre profesionales y servicios.
En todos ellos pueden existir riesgos. Algunos están asociados a una actividad concreta; otros aparecen en la coordinación entre unidades, en la transmisión de información, en el uso de tecnologías o en las condiciones en las que se presta la asistencia.
Por ello, considero imprescindible que las organizaciones sanitarias conozcan sus procesos, identifiquen sus puntos críticos y analicen los riesgos que pueden afectar a la seguridad del paciente.
Este trabajo exige sumar conocimientos. El conocimiento clínico y asistencial debe integrarse con el de gestión, ingeniería, tecnología, sistemas de información y análisis de riesgos.
Una organización sanitaria se construye precisamente mediante esa integración de disciplinas. La seguridad no puede ser una excepción.
Las barreras de seguridad deben estar establecidas y funcionar
Una vez identificados y evaluados los riesgos, es necesario determinar las medidas de prevención y control.
Estas medidas pueden adoptar formas muy diferentes: procedimientos de actuación, verificaciones, sistemas de identificación, controles tecnológicos, mecanismos de comunicación, comprobaciones independientes o modificaciones en el diseño de los procesos.
Son las barreras que deben evitar que un riesgo se materialice, permitir detectar una situación peligrosa o reducir las consecuencias de un incidente. Pero no basta con establecerlas.
Una medida de seguridad puede estar perfectamente descrita en un procedimiento y no aplicarse correctamente. Puede ser conocida por unos profesionales y desconocida por otros. Puede resultar eficaz en determinadas circunstancias y dejar de serlo cuando cambian las condiciones asistenciales.
Por eso, la responsabilidad de la organización no termina cuando determina qué debe hacerse. Debe establecer también cómo debe hacerse, quién debe hacerlo y cómo comprobar que se hace. Esta última cuestión resulta decisiva.
La diferencia entre realizar una actuación y gestionar un riesgo
Durante las evaluaciones de seguridad del paciente, una de las preguntas más habituales es si se realiza una determinada actuación.
La respuesta puede ser afirmativa y, sin embargo, no ser suficiente para concluir que el riesgo está adecuadamente gestionado.
Es necesario conocer por qué se realiza esa actuación, qué riesgo pretende controlar, si está incorporada al proceso, quién es responsable de aplicarla y cómo se comprueba su eficacia.
Esta diferencia entre la realización de una actuación y la existencia de un sistema que asegure su aplicación es, a mi juicio, uno de los aspectos fundamentales de la seguridad del paciente.
No se trata de cuestionar el trabajo de los profesionales. Se trata de reconocer que la gestión de riesgos es una responsabilidad organizativa que requiere métodos, conocimientos, procedimientos, recursos y mecanismos de evaluación.
Tampoco se trata de multiplicar documentos o estructuras administrativas. Un sistema de gestión debe ser útil para quienes trabajan en la organización y contribuir efectivamente a prevenir y controlar los riesgos.
La seguridad debe estar incorporada al funcionamiento de los procesos asistenciales, no depender de que determinadas personas recuerden, conozcan o decidan realizar una actuación.
Una responsabilidad que corresponde a las organizaciones sanitarias
La atención sanitaria es una actividad compleja, en la que intervienen múltiples profesionales, disciplinas, tecnologías y procesos. Ningún sistema puede eliminar por completo los riesgos ni impedir que se produzcan incidentes.
Pero precisamente por esa complejidad resulta imprescindible que las organizaciones dispongan de sistemas capaces de identificar los riesgos previsibles, establecer las medidas necesarias para controlarlos y evaluar sus resultados.
Los profesionales deben participar activamente en este trabajo. Sus conocimientos, experiencias e iniciativas constituyen una fuente esencial de mejora.
Sin embargo, corresponde a las organizaciones convertir ese conocimiento, junto con el aportado por otras disciplinas, en procesos seguros, responsabilidades definidas y barreras de prevención y control.
La seguridad del paciente no puede reducirse a confiar en que los profesionales hagan bien su trabajo, identifiquen los problemas y encuentren soluciones.
Una organización sanitaria debe poder demostrar no solo que sus profesionales realizan actuaciones de seguridad, sino que dispone de un sistema para identificar los riesgos, establecer las medidas necesarias y comprobar que funcionan.
Esa es, en definitiva, la diferencia entre confiar la seguridad a las personas y asumirla como una responsabilidad de la organización.
Y esa es la reflexión que considero necesario trasladar a la gestión de nuestras organizaciones sanitarias: la seguridad del paciente necesita a las personas, pero no puede depender exclusivamente de ellas.
